Por Demys Martínez.- En la Tucupita de 1997, bajo un cielo estrellado y hermoso, el Salón ataviado de la Cámara Municipal respiraba con una magia distinta. No era una ceremonia cualquiera: era un encuentro de gigantes, hijos ilustres de esta tierra reunidos por primera y quizá única vez. Cuatro Premios Nacionales -y un quinto nombre que pronto alcanzaría igual gloria- recibieron la Orden Félix Adam, en un acto que el conspicuo profesor Manuel Aristimuño, entonces director del Tecnológico Dr. Delfín Mendoza, soñó como un tributo a la excelsitud deltana.
«El Delta tenía cuatro premios nacionales en 1997 ¿Cómo no celebrarlos?», recuerda Aristimuño con esa chispa de entusiasmo que aún no se apaga. La Orden Félix Adam, otorgada históricamente a educadores, esa noche se transformó en un abrazo a la cultura: José Balza (Literatura), Pedro Barreto (Escultura), Gladys Meneses (Grabado) y Alirio Palacios (Pintura) subieron al mismo escenario, acompañados por una quinta orden, el ilustre pintor y médico Oswaldo Brito. «Eran talentos dispersos por el mundo, pero esa noche Tucupita fue su centro», añade.

La velada brilló de manera irrepetible. Entre el público se encontraba Ildemar Estrada, profesor e historiador, cautivado por el atardecer sobre el Delta del Orinoco. Figuras como el poeta Eugenio Montejo -quien, al año siguiente, ganaría el Premio Nacional de Literatura y el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo en 2004- el profesor Gerardo Nuñez, primer director de cultura del estado 1981 y sucesor de Aristimuño en 1999, entre otros grandes personajes.

El tenor Pedro Liendo elevó la ceremonia con su voz operística, mientras las órdenes se entregaban entre irrefrenables aplausos y tal vez, quién sabe, alguna lágrima furtiva. «Fue pura grandeza auténtica», rememora el maestro Balza al ser consultado.

Hoy, solo Balza sobrevive para contar la historia. Los demás -Palacios, Barreto, Meneses, Brito- se convirtieron en leyendas, pero aquel acto los immortalizó juntos, como un racimo de genialidad deltaica. «¿Cuántos estados tan pequeñas pueden ufanarse de tener cuatro premios nacionales vivos a la vez?», reflexiona Aristimuño. Aquella ceremonia no solo los honró; le recordó a Venezuela que el Delta, más que caños y manglares, es semillero de arte universal.

El vetusto Salón Municipal guardó para siempre el eco de aquella noche. Las órdenes Félix Adam -hoy custodiadas en memorias familiares- son testigos mudos de cuando Tucupita, por unas horas, fue el ombligo cultural del país. «Nunca se volvió a repetir algo así», suspira el también escritor Aristimuño. Y tal vez no haga falta, porque algunos instantes, como las obras de aquellos homenajeados, resonará en el asombro de las generaciones venideras.
Nota del redactor: Este artículo se escribe con la certeza de que, mientras el Orinoco, río padre, siga fluyendo, el Delta no olvidará a sus gigantes.
@demysmartinez abril 2025
Fotos: Colección personal de M. Aristimuño
