José Balza
Un hombre alto, delgado, de piel oscura, que se hace llamar “el Capitán”. Aparece en Tucupita a mediados de los años 80. Viene como pasajero, en curiara, desde Chaguaramas o desde Uracoa. ¿O salía desde Tabasca? Puede haber nacido un poco antes de 1920 en la familia de los Sifontes, con los miembros de la cual su parecido es notable. ¿Pasa desapercibido en el puerto de la pequeña ciudad, que se eleva sobre el Caño Manamo? Probablemente pocos lo observen, pero un hombre curioso y sensitivo –Ildemaro Romero Cañas, “Cañón”- advierte de manera rápida sus viajes a la pequeña capital y su trabajo evidente: Dionisio Sifontes es pintor.
Ildemaro Romero posee un grato bar a orillas del río, en el cual suena siempre música venezolana o algún viejo bolero. Su local, que recibe la caricia de las mareas ante un espectáculo fascinante, está decorado con artesanías y con algún cuadro del propio “Cañón”.
No tardará Romero Cañas (Tucupita, 1949) en adoptar a aquel viajero. Comienza por comprarle los cuadros que Sifontes trae para vender o en ayudarlo a distribuirlos. Cuando poco después el malecón sea remodelado y aquél deba renunciar a su bar, se instala a la entrada de la carretera de Cocuina, con un nuevo bar, “La estancia del Warao” en el que también hay parrilladas. En la casita que allí construye Romero, vivirán ahora Dionisio Sifontes y Rosa, una mujer muy joven que lo acompaña, misteriosamente. ¿Quién es Rosa? Al parecer su apellido es Gáspari, tiene veinte años y se vino con Dionisio desde Caracas a Chaguaramas. Un aire de locura parece absorber a la muchacha.
A pesar de la diferencia de edades el idilio de Rosa y Sifontes es delicado y ardiente. El la baña, la peina, somete su virilidad al entusiasmo de ella. Para entonces, Sifontes no abandona su paltó y su corbata, como lo demuestra el retrato que le hace “Cañón” en aquellos días.
Poco podemos saber de Sifontes antes de estas imágenes. Adolfo Salazar Quijada indica el 4 de noviembre de 1919 como su fecha de nacimiento. Sifontes confesó a Mariano Díaz que había nacido en el Chispero (Monagas) en 1918, también que fue ayudante de Armando Reverón; ocasionalmente rememoraba una Caracas extraña y desvaída. Que había sido militar. ¿Tuvo alguna leve educación pictórica? Su Madonna parece obedecer a algún recuerdo libresco. Mencionaba a Miguel Angel y a otros pintores renacentistas.
En todo caso, estimulado por Romero Cañas, pinta casi todos los cuadros que hoy conocemos: La Tucupita de ayer, La Cena, María Lionza, Paisaje con ganado, El incendio de Roma. Utiliza madera, cartón piedra y, sobre todo, sábanas a las cuales prepara con un fondo blanco. Al parecer, concibe una imagen (o la recuerda), hace un boceto rápido y luego pasa al óleo. Si un adjetivo es posible aplicar a la coloración de Sifontes, ese sería musical: aunque no debió disponer de mucho material pictórico, sabe aprovechar económicamente la pasta. Sus armonías (oro, rojo y grises en La Cena; verdes y tierras en La Tucupita de ayer) se integran como perfectos acordes. Cierto que la perspectiva y las proporciones son caprichosas, pero el dibujo resulta firme y rítmico.
Un apasionado éxtasis con la naturaleza inmediata y reverberaciones cultas de lo que él debió recibir o conocer como Pintura, tales serían los polos temáticos de su trabajo.
En noviembre de 1985 gana el Premio para la categoría de Ingenuos en el IV Salón de Arte Lagoven de Oriente, que se realiza en Maturín En octubre de 1986 ocurre lo mismo en el V Salón. Romero Cañas cuenta con alegría cómo Sifontes se sintió estimulado a pintar y a participar en ambos salones. Entre los miembros del Jurado figuraron Perán Erminy, Michelle Arias Bernard, Luis Miguel Lacorte, Abilio Padrón y Mariano Díaz. Los cuadros premiados fueron Romance y Recuerdo de Doña Luisa Cáceres de Artismendi. Es posible que ambos pertenecieran después a la colección de Lagoven.
En la revista Nosotros de Lagoven, correspondiente a enero de 1987, dice Miguel A. Lander. “Dionisio Sifontes surgió como una revelación del arte popular, con obras y una trayectoria prácticamente sin conocerse entre sus coterráneos. El año pasado no pudo presentarse a retirar su premio del IV Salón, en la misma categoría de Ingenuos. Con mucha razón, el jurado en esa oportunidad (…) quedó impresionado por la espontaneidad, la atmósfera y calidad pictórica y dibujística de este pintor residenciado en Tucupita. Sifontes cautiva nuevamente en este V Salón a una exigente crítica que descubre en él verdaderos méritos por su enaltecimiento del romanticismo ingenuo”.
Poco después, Mariano Díaz le dedicaría un hermoso fragmento en su libro Los fabuladores del color (1988)
Probablemente a fines de 1988 Rosa sale a comprar kerosén, pero alguien le vende equivocadamente gasolina. Cuando la pareja trata de encender la cocinita de la casa, el fuego arrasa el lugar. Sifontes desesperado por salvar a su mujer, atraviesa las llamas. Aunque ellos atribuyan a hechicería la enfermedad posterior, este incidente parece ser el origen de su ceguera.
Su amigo y protector, Ildemaro Romero, es detenido en l988. Desamparado Sifontes comienza a vagar por las calles de Tucupita, donde recibe un trato cruel y burlón. “El Capitán” es ignorado por la sociedad local, como denuncia “Notidiario” el 17 de enero de 1989. No vuelve a pintar y terminará sus días en el ancianato local.
Esta imagen de mendigo será la que recordará la gente. Pero Romero Cañas reconoce en el artista una persistente actitud optimista, una conducta alegre tras el infortunio. Aun ciego, cantaba y gustaba de beber un trago de ron. Su último romance ocurre con otra anciana del instituto a quien faltaba un brazo.
Tanto entonces como antes, el Capitán solía narrar una experiencia imaginaria que lo obsesionaba: estaba en el espacio, podía volar, veía mil cosas extraordinarias. Flotaba sobre el paisaje, como cuando pintaba su hermoso cuadro La Tucupita de ayer, que aquí reproducimos.-

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