José Balza

I

Todavía resulta perturbador: en algún momento advertí  que la inmensidad de las aguas, consideradas como propias desde mi nacimiento, estaban afuera. Debe haber sido hacia los cinco o seis años y tal vez eso ocurrió por algún grave peligro: la excesiva y amenazadora cercanía del oleaje ante la puerta de nuestra casa, arrasados ya por la corriente todo el patio y el pequeño puerto, o en una tormenta, a mitad del río, dentro de una estrecha curiara.

Tengo la impresión de que hasta entonces habíamos sido una misma cosa: el río, mis padres, los animales, los hermanos, la casa de barro y temiche, la lluvia y yo.

Algo me llevaba a aquella separación, inexplicable. Mucho tiempo después pensaría que no a todo hombre le está permitido ver la ruptura entre el cuerpo materno y el suyo. Yo, que tampoco la conocí, tenía en esta escisión con las aguas del Orinoco y mi propia realidad, un simbólico sustituto, tal vez más poderoso que el acto inicial.

¿Cómo dar una idea de todo aquello? Las aguas eran la atracción, la delicia, el alimento que yo había conocido siempre. Durante meses disponíamos del cielo más azul y estrellado; del espejo sereno donde entrábamos para cualquier actividad: jugar, bañarnos, pescar. El variado e irrepetible verdor de los juncos, las boras y los grandes árboles, sólo recibían la competencia de aquellos peces que volaban o transcurrían junto a nosotros, de las lujuriosas flores de color violeta o rojas y blancas. Durante años, al encontrar peces incrustados en ramas de enredaderas, mi hermano creyó que vivían allí.

Las aguas eran la atracción, la delicia, pero también el horror. Y es esto lo que descubrí tan tarde, a los cinco años. Una tormenta puede ocasionar pánico, con su negrura, los relámpagos y los truenos impetuosos. El viento sacude las casas y el río se encrespa. En períodos de invierno, crece y se lleva caminos, animales, objetos. Un niño pequeñito debe haber temblado ante el oleaje.

Las aguas mansas –o feroces- pasaban. En el Delta, algunas personas se iban y muy pocas llegaban. Pero los bosques, aun desgarrados por crecientes y lluvias, permanecían. Sigo siendo un tanto vegetal. Creo que escribí para no convertirme en árbol por completo. Y a pesar de las separaciones con el río (por él mismo, por mi salida del Delta, por mis viajes), la unidad con las aguas se ha mantenido siempre. Tanto que hoy me parece extraño hablar de ese río como si fuese algo distinto de mí. De allí la dificultad con que anoto todo esto.

Para quien haya nacido a sus orillas, hablar sobre el Orinoco, de su inmensidad y de su vigor en el Delta, resulta complejo. Y creo que quien lo haga habrá partido de aquella escisión vital respecto a su unidad primordial con él. El río es un destino, quiero decir algo inexorable: sus aguas circulan como nuestra sangre.

Tal vez toda la realidad guarda una ley secreta: la de que, quien la perciba o la viva, debe reflejarla. De manera espontánea esto ocurre en nuestro cerebro y por eso llegamos a caminar y a amar: de modo menos explícito, quizá allí se sostenga una de las explicaciones para la existencia del universo mismo. Un físico tan reflexivo como Roger Penrose, no ha sido tímido al considerarlo: “La conciencia me parece un fenómeno de tal importancia que sencillamente no puedo creer que sea algo que sólo es accidentalmente producido por una computación complicada: es el fenómeno en que se hace conocida la existencia misma del universo”. (La nueva mente del emperador).

Tal vez, entonces, vivamos para rendir el tributo de lo reflejo, como sentido único de nuestra existencia. Toda persona desplaza su existir en una extensa reiteración, repetición, reinterpretación de cuanto la rodeó, la ha rodeado y la circundará. Gesticular, hablar, soñar, serían así sustitutos y complementos de lo real.

Pero hay personas a quienes su sensibilidad o su historia más secreta las han impulsado a expresar el testimonio de su paso ante lo inmediato. Nadie tiene que ser consciente del hecho: cuando veo la ornamentación de los Waika, los exquisitos tejidos Makiritares, la cestería, las danzas y cantos Warao, así como los petroglifos, sé que todas esas expresiones son una forma distinta de la selva, de los bosques y las aguas. En su inmenso devenir, el río se impone para que los ojos y las manos de quienes nacieron en sus orillas o de quienes allí viven, repitan sus ritmos oscuros, sus insinuaciones móviles, su irreductible mensaje acuático.

Innumerables tribus originadas a orillas del Orinoco pasaron como hojas llevadas por la corriente. En la extensión del río, algunos de esos seres detuvieron su existencia y su contacto con el mundo (con el río) en el dibujo sobre piedras, en tejidos, ornamentos, poemas y pasos de baile. Haber partido (nacido) de las aguas, los devolvía (los obligaba) a fijarlas: las artes indígenas son la herida, la costura, la sangre fresca que marca el contacto entre las aguas y la mentalidad de aquellos individuos.

Yo fui como ellos y nunca entendí por qué mi manera de realizar la ofrenda, el tributo, tenía que ser la escritura. En otras ocasiones he contado cómo mis familiares maternos, llegados a comienzos del siglo XX desde la isla de Margarita al Delta, eran músicos; cómo mis familiares paternos, venidos quizá de sangre vasca y luego de los Andes, fueron agudos, neuróticos, abstractos. Uno de ellos, soldado de Joaquín Crespo, se dejó fascinar por el río y quedó en sus bordes para que naciera mi padre.

Yo debí ser silencioso y aislado o parrandero, sensual, armado siempre con una guitarra y conquistando muchachas. Esto último lo hizo quien más se me parece: mi hermano Eudes, el Cantor del Delta. Entretanto, yo practicaba con óleo y pinceles, con inventos de cine, con libros.

Los libros pero también la luz eléctrica, introducida por allá, en 1950.  Las radionovelas y las lecturas: todo lo que me dejaría ahora la tercera orilla del gran río: el mundo de lo posible, de lo real convertido en palabras, de la ficción.

Tenía once años y descubrí simultáneamente las aventuras de Tamakún y el melodrama radial, junto a Shakespeare y a Freud y a Julio Verne. Entendía poco, imaginaba más. Sin darme cuenta había comenzado a adaptar esos argumentos a la realidad –que entonces me parecía muy pobre- de San Rafael de Manamo. Debo haber colocado al fantasma visto por Hamlet en el barranco, a un encapuchado en el fondo de mi casa, al Nautilo del otro lado del río. Paradójicamente, así se hacía fácil narrar cosas de mis tíos y de parejas de enamorados locales como si vivieran en tierras exóticas. El azar me trae en este momento el nombre de Lorna Doone. ¿Quién era? ¿Por qué puse su nombre a una perrita de mi casa? Sólo casi cincuenta años después vuelvo a encontrar en Salamanca la edición que consulté en San Rafael: Lorna Doone, A romance of Exmoor, escrita por Richard Doddridge Blankmore (1825-1900).

II

Las clases de Historia recibidas en la escuela y aquellos libros (tantos para un niño de once años: porque tres personas del pueblo guardaban cajas con libros: yo lograba que me los prestaran) guiaban mi deseo y mi confusión. Atendía a todo y todo era real en el mismo nivel. Por ejemplo, el caballero con capa y cuello de encajes era un guerrero en el único tomo que llegué a ver de El Tesoro de la Juventud. Soldado y amante de la reina. Aventurero y poeta, Walter Raleigh. Con ese mismo traje ajustado, con su espada y una nave había pasado casi quinientos años antes frente a mi casa. El llamaba Amana lo que probablemente nosotros designamos hoy como Manamo.

Aunque en carnavales acostumbraba a disfrazarme de negro (yo quería ser negro), porque el prestigio peligroso y sexual de los trinitarios entusiasmaba a los muchachos del lugar, debo haberme disfrazado también alguna vez de caballero. Dicho de otro modo, yo era un poco el aventurero Raleigh, que pertenecía a los libros.

Mucho después iba a admirar su vida compleja, su valor y sobre todo sus Diarios. Pero con él tuve curiosidad por aquellos hombres que, perdidos en el tiempo, habían pasado frente a mi casa. Debo a un amigo, Gonzalo Moreno, informaciones raras y fantásticas, de tan exactas, sobre mi propio caño. Por ejemplo, la presencia de submarinos alemanes en nuestras aguas durante la II Guerra. Así explicaba él algunos comentarios de pescadores remotos, que le decían haber visto a un monstruo de inmensos ojos verdes, bajo las aguas, por las noches.

Pero si Raleigh pasaba frente a mi casa en 1591, si su hijo moría cerca de los castillos, Américo Vespuci se había acercado a las puertas del Delta en 1499 y Colón mismo el 2 de agosto de 1498. Son memorables las frases del Almirantes: “Creo que allí es el paraíso terrenal, a donde no puede llegar nadie… Las señales son conforme que jamás yo leí no oí tanta cantidad de agua dulce fuese vecina con la salada… No creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo…”

No puedo detenerme en ellos ni nombrar a todos los viajeros que soñaron, recorrieron o han descrito a mi propio río. Juan de Castellanos, Matías de Tapia (con frases que me hacen pensar en la prosa de Milagros Mata Gil: “Mudo lamento de la vastísima y numerosa gentilidad que habita las dilatadas márgenes del caudaloso Orinoco”), Humboldt, Robert Dudley, Nicolás Federman, Loefling, discípulo de Linneo, Stedman, Beauperthuy, Codazzi, Creavaux, Chaffanjon, Depons, Ernst, Gestacker, Koch-Grunberg, Cruxent, Jahn, Pittier, Torrealba, Vila, Elizabeth Burgos, Carmen Boullosa, Silda Cordoliani, Gustavo Guerrero, Luis Gal, Josu Landa,  Adolfo Castañon. La lista es impresionante y la detengo.

Pero cito al inolvidable José Gumilla, de 1740, y a Stanko Vraz en los finales del XIX. Dice el primero: “Ya que se vino la pluma, casi de su propio peso, a las riberas de Orinoco… Y así quedamos en un perpetuo estío, tanto más fogoso cuanto más apartados de las cumbres nevadas” (El Orinoco ilustrado), y Enrique Stanko Vraz, checo, que quiso hacerse venezolano al conocer el río, anota en su travesía en 1889, cómo un baile en Ciudad Bolívar es regido por flores de la noche, por la “flor de baile” que despierta de su momento morí para irradiar sensualidad y misterio, para lograr su plenitud a medianoche, como el baile y la sexualidad implícita, hasta cerrarse, estéril, al amanecer. (A través de la América ecuatorial).

Cierro este recorrido del pasado evocando a dos autores que nunca pisaron las tierras de América. Uno de ellos elevó su fama de cartógrafo y erudito durante siglos. Es Joannes de Laet (1582), el holandés, cuyo trabajo enciclopédico, Nuevo mundo o descripción de las Indias occidentales, 1625, no sólo resume cuanto se sabía acerca de América en aquel tiempo, sino que discute uno que otro asunto geográfico, como cuando se interroga sobre el comentario de que el Orinoco y el Turmeque sean un mismo río. Curioso tópico, que va a desencadenar cientos de años más tarde, sin que tal vez el escritor francés conociera este dato, el tema de una novela de Julio Verne.

Al otro, Verne, claro está, todos lo conocen. Las maravillas, establecidas en remotas fábulas chinas, en La odisea, en la Utopía de Jambulo, en Las maravillas de Thule de Antonio Diógenes, se sintetizan con Julio Verne en esos tópicos milenarios: la adivinación del porvenir, la reconsideración de lo que el pasado construyó como porvenir.

Poco antes de que Freud hiciera descender sobre la humanidad algunos de sus descubrimientos esenciales, Julio Verne lanzó al hombre hacía territorios sólo explorados por el inconsciente: la lejanía inalcanzable, el espacio estelar, el mundo subterráneo, submarino. El soberbio Orinoco su irregular y un tanto cansada novela, cumple su sueño de estar en el Orinoco. Lo cual me devuelve a aquella extraña expresión de mi infancia: el río estaba conmigo, pero también era remoto, inalcanzable.

III

Ahora quiero relacionar a la “literatura en estado de pureza” como hubiera dicho Alfonso Reyes, con el Orinoco. Acabo de mencionar a Julio Verne, quien atacado por su “demonio de la hidrografía” se dice a sí mismo que el río venezolano atrae a los franceses. Y a toda Europa, aunque sea El soberbio Orinoco la pieza con que la ficción se apodere por completo del gran río.

Ya por estas riberas, es imprescindible señalar a Canaima, drama escalofriante en el cual la insania humana parece ser comparada con los poderes terribles de la selva y el río. A mi gusto, el símbolo que quiso crear Gallegos se ha debilitado ante la actual situación del planeta: no es la selva y su poder lo que nos destruye o condena hoy. Es ese misterio y horror de la selva virgen lo que debemos respetar para persistir en el planeta.

En su ensayo Orinoco, tal vez de 1947, Enrique Bernardo Nuñez sigue las huellas que llevan hacia Manoa, El Dorado, según el deslumbrado Raleigh y los mapas de Mercathor. Vislumbra el renombre del río en el Othello de Shakespeare y cita los versos de Milton en El paraíso perdido: “Tierras aún sin saquear, cuya gran ciudad los hijos de Geryon llaman El Dorado…” ¿No guardan las imágenes convocadas por escritores y artistas de ese tiempo una intima sujeción a los grabados De Brey, donde los hombres tienen ojos en los hombros y bocas en el pecho, son transparentes o inmortales?

La actual narrativa venezolana posee dos nombres cuyo trabajo transcurre desde las márgenes (reales o imaginarias) del río: Humberto Mata y Silda Cordoliani. Sensibilidades opuestas -estilo solar en Mata, inquietantes asociaciones sobre lo inmediato y el destino, desde percepciones de mujeres, en Cordoliani- ambos otorgan al cuento en Venezuela páginas memorables.

El número de poetas nacidos en las tierras del Orinoco es nutrido.

Guillermo Sucre, voz mayor de la poesía y el ensayo, ha dedicado conmovedores momentos a la presencia del río. En él estarán los orígenes de una imaginación instintiva, de un sentimiento de la luz y la lujuria visual, intensísimos, que conducen la lírica del autor, momentos que también en esa obra son contrastados, dolorosamente, por el desarraigo y el odio. Citemos de manera muy breve un poema de En el verano cada palabra respira en el verano:

Todo empieza en una ciudad y un río reverberando sobre una roca… Sabe que algún día ya no estaría allí. Tiene ahora catorce años y todo lo ha perdido. Quiere fijar la luz, tansparentar el río. No se conoce ese aire o esa luz para sobrevivirlos. Esa piel de las piedras, cálida, ya no volverá a tocarla. Levanta la mirada. Un rostro ya tostado por el sol, ya también absorto. Un dios. Lo siente. Hay un dios con él. O hay un dios que es él, que está en él. Solitario y hostil. Un adolescente que conoce la muerte.

Si pudiera aplicar aquella experiencia personal con que inicié estas páginas –la sensación de que nuestros gestos, la vida misma y, por tanto lo que se escribe, sólo tiene como misión dar testimonio de aquello que nos ve vivir (la naturaleza, el río en este caso, la cadena de los sucesos)- insistiría en que el río ha lanzado al poeta Guillermo Sucre hacia una expectativa metafísica: el río es el dios que permite al adolescente creerse un dios, un perplejo, “solitario y hostil”.

Una vivencia muy diferente nos entrega el otro gran poeta contemporáneo del Orinoco. Luis García Morales en El río siempre cambia de edad (es niño, es hombre; cambia de naturaleza, es caballo, es agua) y recorre con mirada carnal ese “libro de imágenes que nunca fueron” o que somos nosotros.

Para García Morales el río es vital, fascinante, móvil: un Orinoco de alma momentánea, de misteriosa fuerza celestial: En el “bronce azul” encuentra “la mano que mueve los oscuros mandalas de la sangre” y en él está nuestra ruta, la “identidad de su transparencia”.

IV

Párrafo tras párrafo he tratado de revelar aquí lo que mi trato con las aguas convirtió en existencia. Soy la huella de la maravilla y el horror orinoquense, soy su reflejo, pero sobre todo un intento de conciencia acerca de lo que el río me otorgó, entregó, me quitó.

Haber nacido en el paraíso, tan inaccesible para Colón, quizá haya sido, quizá sea, me digo a veces, la clave para entender por qué he recibido tanta felicidad, tantas alegrías y compensaciones. El río es mi talismán contra el dolor y la incomprensión. No sólo amo al Orinoco. También a las grandes ciudades. Pero prefiero aquellas que me reciben con las aguas de sus ríos: Pittsburgh, Salamanca, New York,  Viena. Y también los ríos que circulan por la literatura, de los cuales no voy a hablar aquí.

Dije al comienzo que ignoro cómo fui acercándome a la escritura. Tampoco sé cómo la imagen, el tema del río invadió mis textos. Tal vez coloqué el fantasma de Hamlet junto al barranco –en un cuento precoz- para que el río adquiriese interés: era demasiado común.

Pero inexorablemente sus aguas cobraron espacio en la primera novela que publiqué, Marzo anterior, y que escribí a partir de los 19 años. Después, han estado presentes como objeto de la narración, y soy sincero al decirlo, bajo la forma de frases desconcertantes –aun para mí-  con que trato de percibir, definir mi relación apasionada con el río.

Antes de los 40  años  titulé D a otra novela,  como homenaje al paisaje que me hace vivir: el Delta del Orinoco.

(Texto inédito, escrito en 1985 para la revista mexicana Blanco Móvil)

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