Una mirada del Delta que ahora se presenta desde Grecia
Por Demys Martínez.- BHMAgazino, suplemento cultural del diario griego To Vima, dedicó una entrevista al escritor venezolano José Balza con motivo de la publicación en griego de su novela Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar. La conversación fue conducida por la periodista Niki Kalogiratou y presentada bajo el título Η Βενεζουέλα του Χοσέ Μπάλσα και η Ελλάδα, que puede traducirse como La Venezuela de José Balza y Grecia.

El hecho tiene un peso especial para los lectores venezolanos, y más todavía para los deltanos. Balza nació en el Delta del Orinoco, en 1939. Es narrador, ensayista, crítico, docente, académico de número de la Academia Venezolana de la Lengua, Premio Nacional de Literatura de Venezuela 1991 y doctor Honoris Causa de varias universidades. Su obra ha cruzado idiomas, países y generaciones, pero conserva una relación profunda con el territorio donde comenzó su mirada: El Delta del Orinoco.

La novela Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar fue publicada originalmente en 1974. Medio siglo después, llega al lector griego como una obra que no se queda encerrada en el paisaje venezolano ni en la memoria personal del autor. En sus páginas se cruzan el Orinoco y Caracas, la infancia y la ciudad, la naturaleza y el pensamiento, el país petrolero, la violencia social, el cine, la filosofía y una pregunta más silenciosa; cómo darle forma a la experiencia humana.
BHMAgazino no presenta la obra como una simple curiosidad editorial. La lee desde un punto de encuentro entre Venezuela y Grecia; una conversación entre dos maneras de mirar el mundo.
Y ahí aparece Praxíteles.
El escultor griego de la antigüedad no entra en la entrevista como un adorno culto, ni como una referencia para impresionar. En Balza, Praxíteles funciona como una presencia interior. Le permite pensar el cuerpo, la forma, el volumen de las cosas. Como si la escritura también pudiera tallarse. Como si las palabras, además de contar, pudieran construir una figura.
En uno de los momentos más claros de la entrevista, Balza dice que un escritor puede ser “un escultor secreto”. La frase ayuda a entrar en su literatura. Porque Balza no escribe solo para narrar hechos. Escribe para acercarse a la materia escondida de lo vivido. En sus textos, el río no es únicamente río, la ciudad no es únicamente ciudad, el cuerpo no es únicamente cuerpo. Todo parece guardar otra forma debajo.
La periodista Niki Kalogiratou conduce la conversación por ese camino. Le pregunta por qué eligió a Praxíteles y no a un poeta o a un filósofo como figura griega de referencia. La respuesta de Balza no va hacia la explicación académica. Va hacia la percepción. La escultura le permite pensar la fuerza que sale del cuerpo, la presencia de una obra, el silencio que puede quedar detenido en una forma.
Hay también una escena hermosa de su memoria. Balza recuerda que, siendo niño en el Orinoco, casi no había libros a su alrededor. Sin embargo, en San Rafael de Manamo encontró imágenes que lo marcaron: cariátides, figuras antiguas, cuerpos griegos reproducidos en blanco y negro. Aquellas mujeres talladas en piedra le recordaban, de algún modo, a las mujeres que se bañaban en el Orinoco.
Esa imagen dice mucho. Un niño deltano mira unas esculturas griegas en un libro y no las siente tan lejanas. Las relaciona con su río, con su paisaje, con cuerpos reales vistos en la vida diaria. Ahí comienza, quizá, una de las claves de Balza: la cultura universal no como algo frío o distante, sino como una forma de reconocer lo propio desde otra luz.
Más tarde, al llegar a Caracas, vendrían otras lecturas. Los trágicos griegos, Kafka, Borges, Cervantes. También el cine, la música, las artes visuales. Todo eso fue formando una sensibilidad que no separa del todo la narración de la imagen. Balza mira como escritor, pero también como alguien que dibuja, compone, observa y piensa desde la forma.
En 1972, junto a su amigo Víctor Fuenmayor, recorrió Grecia en un Volkswagen. Visitó espacios culturales como Epidauro y Delfos, y tuvo contacto directo con la vida cotidiana del país, aunque no dominaba el idioma griego. Aquel viaje no aparece como turismo. Más bien parece una confirmación: Grecia ya estaba en su imaginación antes de ser un lugar concreto.
La edición griega de Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar cuenta con traducción de Lefteris Makedonas. Ese trabajo no solo traslada el texto de un idioma a otro. También ayuda a abrirle al lector griego las puertas de un mundo venezolano lleno de referencias naturales, históricas y culturales: el Orinoco, Caracas, el petróleo, las desigualdades, los nombres de plantas, los desplazamientos de la memoria.
La entrevista de BHMAgazino permite ver a Balza desde una orilla distinta. No lo reduce a escritor venezolano ni a autor regional. Lo muestra como una voz capaz de dialogar con una tradición muy antigua sin dejar de pertenecer a su propio paisaje. Esa es una de las fuerzas de su obra: puede salir del Delta y viajar lejos, pero no pierde el sonido de su origen.
Para Delta Amacuro, esa lectura tiene un valor íntimo. Porque no todos los días una revista cultural griega se detiene en una novela nacida desde la sensibilidad de un escritor deltano. Y no todos los días el Orinoco aparece vinculado, con tanta naturalidad, a Praxíteles, a las cariátides, a Delfos, a la antigua preocupación griega por la belleza y la forma.
Balza pertenece a esa clase de autores que no necesitan levantar la voz para ocupar un lugar. Su obra avanza con paciencia, como el río. A veces parece quieta, pero se mueve por debajo. Y cuando llega a otra lengua, como ahora al griego, no abandona su territorio. Lleva consigo el Manamo, la infancia, Caracas, el pensamiento, la imagen y esa manera de mirar que convierte lo cercano en una pregunta universal.
La publicación de BHMAgazino no solo presenta una novela traducida. Presenta un puente. De un lado, Grecia, con su tradición clásica, sus escultores y sus ruinas vivas. Del otro, Venezuela, con el Orinoco, la memoria petrolera, la ciudad que crece, la belleza natural y las heridas de un país. En el centro está José Balza, escribiendo desde una zona donde la palabra también puede tener cuerpo.
Y quizá por eso Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar sigue encontrando nuevos lectores. Porque no se trata únicamente de una novela venezolana publicada en otro idioma. Se trata de una obra que viaja sin desprenderse de su raíz.
Un río también puede cruzar fronteras.
A veces lo hace cambiando de lengua.
Créditos
Entrevista original: Niki Kalogiratou
Publicación: BHMAgazino (To Vima), Grecia
Sección: Literatura / Entrevista
Obra presentada: Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar (1974)
Autor: José Balza (Venezuela)
Traducción al griego: Lefteris Makedonas
Publicación: BHMAgazino (To Vima), Grecia — Atenas, edición 5 de julio.
