Donde la vida y la muerte se entrelazan

Por Demys Martínez

I

AÑO 2024, SEXTO MES

En el corazón palpitante de la pequeña ciudad, donde el río serpentea y el viento susurra secretos inmemoriales, vivía Juan José. Un joven denodado con tan solo veinticinco años, conocido por su espíritu indomable y su pasión por la velocidad sobre dos ruedas. Sin embargo, a menudo sus pasiones lo arrastraban a un torbellino de emociones incontrolables.

El día que todo cambió comenzó como cualquier otro, pero rápidamente se tornó en algo oscuro y perturbador. Juan José y Mariana -su novia de veintiún años- llevaban tiempo rodeados de discusiones intensas. Sin embargo, aquella madrugada de junio, los ánimos estaban especialmente encendidos. Mientras surcaban las calles a bordo de su motocicleta, el aire vibraba con las palabras no dichas y los gritos que retumbaban en la distancia.

Mariana, aferrada a Juan José con desesperación, le suplicaba que se detuviera, _Déjame bajar de la moto Juan, gritó. Las lágrimas caían de sus ojos con el implacable rugido del motor, pero Juan José, embriagado por la furia etílica, apenas escuchaba sus plegarias. Finalmente, en un instante fatal, todo se desmoronó: una camioneta detenida cerca al paseo malecón, apareció de súbito en su camino y en un parpadeo, la tragedia se consumó.

Mariana despertó en una ambulancia camino a un estado vecino para recibir mejor atención médica. Días después, se encontraba en una habitación gris y fría del hospital, con su cuerpo adolorido por las fracturas en ambos fémures y traumatismos generalizados. Fue entonces cuando se enteró que Juan José había muerto en el impacto, dejándola atrapada en un limbo de culpa y resentimiento.

II

PRESENCIA MISTERIOSA
La muerte no había silenciado a Juan José. Desde el más allá, su espíritu vagaba inquieto atado a sus remordimientos y a la culpa que sentía por lo que había sucedido. Pasadas unas semanas, estando Mariana recuperándose en casa -junto a su familia y mejor amigo Tavogus- en la localidad de los Cuatro Cañitos, sintió las primeras fuerzas sobrenaturales. Juan José, se manifestaba ante Mariana, suave, casi cariñoso. Algo melifluo, como si aún quisiese protegerla. En esos momentos, ella podía sentir una calidez reconfortante, como un abrazo familiar que la envolvía en consuelo.

Sin embargo, con el pasar de los días, sentimientos ambivalentes se sentían en su pequeña habitación. Se podía percibir una luz bonita y en momentos comenzaba a apagarse. La sombra -la oscuridad de su alma- se fue intensificando día a día.

Las apariciones se volvieron más frecuentes, pero ya no estaban cargadas de ternura. Ahora, las voces que antes eran sonidos de amor se transformaron en sensaciones de desespero y frustración. Mariana empezó a tener episodios en los que sentía un escalofrío recorrer su espalda, como si una fuerza oscura estuviese a su alrededor, recordándole una tragedia que nunca se iría.

Las primeras noches fueron inquietas, pero luego se tornaron aterradoras. Familiares atemorizados poco la visitaban. Juan José con una figura desvanecida, un rostro agresivo y distorsionado por la ira, comenzó a manifestarse en su habitación. Su presencia se sentía intensa, como si una ola acusatoria invadiera el aire. Mariana veía su sombra al acecho, la atormentaba susurrándole palabras de recriminación y dolor que sólo ella podía escuchar. En esos momentos, el pánico se apoderaba de ella, sintiéndose atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Las cosas empeoraron. En una de sus apariciones, Juan José -con un grito desgarrador que resonó en la oscuridad- empujó una silla que la golpeó. Se apareció frente a ella, con una mirada cargada de rencor, reprochándole su inocencia como si su propia vida hubiese sido en vano. Mariana, se sentía impotente, atrapada entre el recuerdo del hombre que había amado y el espectro lleno de odio que ahora la acechaba.

La dualidad de sus encuentros la tornaba vulnerable; cada noche la atormentaba. En su mente sentía cómo las paredes de su habitación se estrechaban, como si la habitación misma la estuviese atrapando y el aire se volvía pesado. Juan José, aparecía rodeado de sombras como un puño apretado que la ahogaba.

Los gritos de desespero resonaban en su interior. Mariana, aterrorizada se despertaba en medio de la noche, advirtiendo a Juan José musitar reproches que penetraban su corazón:
_ ¿Por qué tú sigues aquí, mientras yo no?
Una frase que reverberaba un eco hecho mantra de dolor y desilusión.

La ira de Juan José, se manifestaba en pequeños actos de terror: adornos que caían sin razón aparente, gemidos en la penumbra que farfullaba su nombre y sombras que danzaban en las esquinas de su visión. En ocasiones, su reflejo en el espejo mostraba un rostro angustiado, pero en lugar de su imagen, era la de Juan José, quien la miraba con ojos grandes de venganza.

III

LAS TRANQUILAS AGUAS DEL OLVIDO
Las historias sobre el alma atormentada de Juan José, comenzaron a correr como el río embravecido por todas las calles. El Pueblo, temeroso de los susurros en la noche, decidió unirse en plegaria al altísimo.

Una noche estrellada, cuando la luna llena iluminaba el firmamento como un faro de esperanza, los habitantes de la comunidad de los Cuatro Cañitos -sector que desde su fundación ofrecía una visión apologética- se congregaron frente a la casa de Mariana, donde la atmósfera estaba impregnada de temor y anhelo.

Rodearon la casa y las velas titilaban en un mar de sombras, proyectando danzantes siluetas en las paredes, mientras las fragancias de flores y hierbas en forma de cruz, se entrelazaban en el aire. Con jaculatorias conocidas, rostros angustiosos y manos temblorosas, los vecinos alzaron sus voces en súplicas al Gran Arquitecto del Universo, creando así, un coro que resonaba en la quietud de la noche.

Los murmullos de la comunidad se entrelazaban con el suave sonido del viento, como si la naturaleza misma se uniera a la plegaria.

_ Vete, vete en el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo, Ave María, ruega por nosotros, Jehová, Jesucristo.
Resonaban las frases con fervor, cada rezo ascendía como un canto esperanzador hacia el cielo. Mientras tanto, los corazones latían al unísono, aferrándose a la creencia de que la fe podría liberar a ambos del tormento que los unía en esta cruel realidad.

Alguien citó esperanzado, las palabras de Marcos 5:4 (Reina Valera)
_ Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar.

Una señora muy anciana con un tono agudo continuó:
_ ¡Y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios!. Marcos 4:15 (Reina Valera).

En medio de esas lecturas bíblicas y oración colectiva, un destello iluminó el aire y por un momento, todos sintieron una paz indescriptible. Era como si una fuerza invisible hubiera cortado las cadenas que anclaban a Juan José a este mundo, -de la nada ya no estaba- dejando una cálida brisa con el mensaje.

Y así, con las bendiciones de la comunidad y el descanso final de Juan José, el Pueblo volvió a las tranquilas aguas del olvido, con una historia más, entrelazada en su tejido. Una lección para recordar que, el pasado siempre encuentra su camino. Incluso en la muerte; el amor y la esperanza pueden triunfar sobre el mal que nos rodea.

Todo parecía volver a la normalidad, pero resultó inquietante que la persona más longeva de los Cuatro Cañitos, murmuraba:
_ Esto apenas comienza…

Gráficas Al 

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