El agua del Delta del Orinoco guarda memorias, pero son las personas quienes las hacen florecer en la tierra.

Demys Martínez.- Corría el año 1982 cuando Evaristo Ramos dejó atrás las corrientes de Araguaimujo, en la parroquia Santos de Abelgas, allá en el bajo Delta. No vino a la ciudad capital buscando lujos, vino persiguiendo un sueño que no era suyo, sino de su madre: Daniela Rojas.

Daniela había sido misionera. Era una mujer de fe y de manos incansables. Su mayor angustia no era el hambre de hoy, sino el mañana de sus hijos.

«Yo no quiero que mis hijos sean como yo, quiero que estudien, que se preparen, que sepan defenderse en la vida», solía decir.

Esa convicción le costó la luz de sus ojos. Cosiendo a la luz de las lámparas, noche tras noche, cambiando sus artesanías por uniformes y cuadernos para sus muchachos, Daniela fue perdiendo la vista hasta quedar en la oscuridad. Pero esa ceguera física iluminó el camino de toda una generación.

Hoy, Evaristo no acepta que lo llamen cacique. Ese término no pertenece a su alma ni a su lengua. Él es el Aidamo, la voz guía de su gente en la comunidad que hoy, con justo honor, lleva el nombre de su madre, quien hoy habita en el recuerdo sagrado de su gente: Villa Daniela Rojas.

Los inicios en el municipio Tucupita no fueron sencillos. Eran tiempos de invasión, de terrenos de monte en la parroquia Argimiro García de Espinoza. La comunidad se aferró a la tierra a un costado de lo que hoy conocemos como la prolongación de la calle San Cristóbal, una vía que nació mucho después que ellos; la calle se hizo siguiendo el rastro de su asentamiento. Es un paraje donde el final de las casas colinda directamente con el Parque Central de Tucupita, uniendo el bullicio de la ciudad con el silencio sagrado de sus raíces.

En aquel entonces, apenas un puente improvisado de palos los conectaba con el sector Delfín Mendoza, y es un triunfo del destino que justamente hoy, 1 de abril, se esté inaugurando oficialmente el puente San Cristóbal.

En aquellos días difíciles, los desalojos eran una amenaza diaria. A cada rato intentaban sacarlos. Pero Daniela se plantó firme, fuerte como raíz de mangle. Los Jotaraos que también intentaban asentarse, reclamaban con desdén: «¿Y por qué no sacan a los indios?».

Las autoridades, viendo el arraigo y la fuerza de esta familia de los Pueblos Originarios, decidían dejarlos en paz. Al final, los mismos invasores criollos terminaron escudándose en ellos: «Bueno, si no los sacan a ellos, a nosotros tampoco». Fue así como la firmeza de Daniela Rojas y su gente se convirtió en la semilla para que esta comunidad, y las vecinas, existan hoy. Con el tiempo, la justicia llegó y se construyeron sus casas dignas gracias a la terquedad bendita de la propia Daniela, el apoyo incansable del ya fallecido diputado Joel Ramos y otras tantas voluntades que no se doblegaron.

Sentado frente a una de estas casas de concreto, el Aidamo Evaristo Ramos, un hombre de rostro curtido por el sol y sabiduría en la mirada, gesticula con parsimonia mientras relata la historia con su camisa a rayas bien puesta. Estas viviendas, fruto de la lucha, no son frías paredes de bloque; están cobijadas por ingeniosos cercados de «latas», ese bambú delgado y resistente que evoca irresistiblemente a los palafitos ancestrales de sus hermanos en las aguas no tan profundas del Bajo Delta.

Frente a una pared color turquesa, reposa una montaña de ocumo chino recién cosechado de la misma tierra de la Villa, listo para ser comerciado entre vecinos o para quien lo necesite en la ciudad. En otro rincón, un pescado fresco, traído directamente del imponente río Orinoco y colgado de un viejo peso digital, da fe de que las raíces ancestrales de sustento permanecen intactas, latiendo con fuerza en pleno corazón urbano de la capital deltana.

Y es que el mayor monumento a Daniela no es de bloque y cemento; es de vida y superación. Hoy, la visión de aquella madre que cosía a oscuras es una realidad deslumbrante. Bajo la mano firme y serena del Aidamo Ramos, la comunidad brilla. Aquellos niños por los que Daniela lo dio todo, y los nietos que hoy corren por Villa Daniela Rojas, rompieron las barreras.

Son profesionales. Han conquistado espacios que antes parecían inalcanzables: algunos trabajan en Kaina TV y en las cabinas de Radio Fe y Alegría; otros ya operan en distintas ONG, son licenciados, traductores… El esfuerzo floreció y las metas de aquella madre se cumplieron con creces.

II

Pero la paz en Villa Daniela no es absoluta. El choque de dos culturas sigue dejando marcas. Las intrusiones de algunos criollos, el robo doloroso de sus cosechas y los insultos que reciben cuando intentan defender lo que les pertenece, han levantado una nueva tormenta en la comunidad…

¿Qué está pasando hoy?
Los detalles podrás leerlos en nuestra próxima entrega: Capítulo Dos.

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