En el aniversario de la Academia Venezolana de la Lengua, el Delta no solo recuerda: también se reconoce en nombres que han llevado su palabra más allá de sus ríos.

Cada 10 de abril vuelve una fecha que parece lejana en el tiempo, pero que sigue teniendo peso en el presente: la fundación, en 1883, de la Academia Venezolana de la Lengua. Una institución creada para estudiar, cuidar y proyectar el español en el país, pero que también ha terminado siendo un espacio donde se mide, de alguna forma, la estatura cultural de una nación.

Y en ese espacio, el Delta Amacuro tiene presencia.

Allí resalta, en primer lugar, el doctor Honoris Causa José Balza, incorporado como académico de número de la corporación y ocupante del sillón M. La propia Asociación de Academias de la Lengua Española lo identifica como una de las figuras de la literatura venezolana contemporánea y recuerda, además, su origen desde Coporito a San Rafael, Delta Amacuro, así como el reconocimiento que recibió con el Premio Nacional de Literatura.

Junto a él aparece el doctor Abraham Gómez, a quien la Academia Venezolana de la Lengua ha presentado como miembro correspondiente por el estado Delta Amacuro, además de profesor universitario, escritor, Asesor de la Fundación Venezuela Esequiba y coordinador de la Comisión Proponente de la Unafront. Su presencia dentro de la institución le da al Delta una representación directa en un ámbito donde la lengua se estudia, se piensa y también se resguarda como parte de la memoria del país.

Pero la presencia deltana en la Academia no se limita a estos nombres.

También figura Fray Julio Lavandero Pérez, sacerdote e intelectual que, aunque nacido fuera del Delta, desarrolló una parte significativa de su vida en Tucupita y fue reconocido como miembro correspondiente por el estado. Su nombre queda asociado a esa generación que ayudó a construir pensamiento y vida cultural en la región desde la educación y la reflexión.

A ello se suma la doctora Rita Milagros Jáimez Estevez, deltana de origen, dedicada a la docencia universitaria y con trayectoria académica dentro y fuera del país, parte también de esa proyección intelectual que trasciende lo local.

No todos nacieron en el mismo sitio, no todos hicieron el mismo camino. Pero hay un hilo común: el Delta como punto de encuentro, como referencia, como marca.

Por eso, esta fecha no debería leerse solo como un acto institucional. En el Delta, el 10 de abril también puede entenderse como un recordatorio: desde aquí también se piensa, también se escribe, también se construye lenguaje.

Y en esa construcción, a veces silenciosa, a veces distante de los grandes centros, hay nombres que ya forman parte de la historia de la lengua en Venezuela.

El Delta, al final, no solo habla.
También deja huella en lo que se dice.

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