José Balza
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En diciembre de 1971, publiqué en la revista Imagen de Caracas, un largo reportaje sobre el delta del Orinoco. Creo que era la primera vez que la vasta región se designaba con firmeza de esta manera. Antes y después lo he hecho con orgullo y gusto deliberado. Ahora, más de cincuenta años después, encuentro esta brillante idea del profesor Alexis Robles y vengo a comentarla, a celebrarla.
El profesor Alexis Robles ha realizado durante los últimos años, guiado por una idea trascendente, lo que él llama “revisiones documentales” sobre el delta del Orinoco. Este libro es la demostración de ese proceso y, a la vez, el magnífico testimonio de cómo una idea puede traspasar lo irrreal para convertirse, estamos seguros, en la cotidianidad de un país, es decir, del mundo.
Nacido en Tucupita (8 de septiembre, 1951) ha adoptado la primaveral zona de La Florida como su habitat. En su casa, con Luisa su esposa, hay una fluida comunicación entre libros (que parecen integrarse a la computadora) y vegetación, porque su entorno no solo custodia grandes árboles sino también bejucos, ramajes, frutos y flores crecidos casi salvajemente. El jugo de la tierra y la lluvia parece una parte del espíritu.
Dedicado estudioso, como dice su curriculum, es “docente universitario, ha participado como ponente en diversos coloquios y congresos de Historia y Educación. De igual manera en conversatorios y eventos, relacionados con la historia regional y local referida a los pueblos del Delta del Orinoco, respecto de los cuales ha producido al menos una veintena de ensayos inéditos”.
Con prosa espontánea, Robles está desafiando costumbres, tradiciones, gobernantes, leyes, periodistas, supersticiones, locutores e ignorancia general, tanto locales como pertenecientes a la inteligentzia del país. Su idea central es que el único gran río de Venezuela que posee un vasto delta es el Orinoco. No puedo ocultar el raro sentimiento que mezcla admiración, complicidad, complejidad intelectual y afecto, cuya aura me envuelve a medida que recorro el apasionado y muy bien documentado alegato de Robles.
Este es un libro para pensadores, para quienes reciben el mandato de definir historia y geografía. También para estudiosos y gente alerta que desee conocer su pasado e intuir el futuro; para nuevas generaciones de profesionales, comerciantes, productores, planificadores de vías (acuáticas, áreas, satelitales, etc); para estremecer las creencias religiosas y sus aplicaciones o utilizaciones comunes.
Tan importantes son las exposiciones del autor como las llamadas a pie de página; y las sorprendentes fotos tomadas por él. Y los elocuentes gráficos.
Aquí nos encontraremos valiosas dudas acerca del Himno del estado; inquisiciones sobre la etimología de nuestras costas; un fiel retrato del Orinoco como cuerpo de aguas -su origen, extensión, desembocaduras en el océano, extensión; y con citas y fechas precisas, las opiniones de relevantes figuras sobre nuestro Río: las de Cristóbal Colón, Walter Raleigh, Ramón Pané, Antonio Caulín, Marco Aurelio y Pablo Vila, Sanoja y Vargas. Asimismo, nombres de inmemorial resonancia, tal el de Barrancas (“nuestro pueblo más antiguo”) y su espléndida cultura, sin omitir a Yaya, Macareo, Punta Aromaia.
Orinoco: nombre supremo, como podemos comprobar en uno de los mapas incluidos en el volumen Flora of the Orinoco (2025) del investigador, fotógrafo y especialista en peces Iván Mikolji. Lujosamente editado en Canada, se nos muestra allí cómo el reino del gran río Orinoco se conecta y recibe aguas de toda Venezuela y de zonas de Colombia. Hasta traerlas y formar nuestro delta.
En el científico equipo encabezado por Arnoldo Gabaldón, los autores de Agua en Venezuela: una riqueza escasa (2015), asientan que “su cuenca es del orden del millón de kilómetroa cuadrados, 32,5% se ubica en territorio colombiano, mientras que el 67,5% restante se ubica en territorio venezolano”. Exaltan el caudal del Orinoco ante otros ríos del mundo como el Amazonas y el Irrawadi en Asia.
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Nada mejor que seguir el eje central de este libro con las propias palabras de Alexis Robles. Por eso extraigo algunos párrafos iluminadores. Son los siguientes.
Respecto de la navegación:
“…nos corresponde sentir la concepción de un Orinoco utilizado como principal canal de navegación, por nuestros antepasados y demás grupos de pueblos originarios que hacían vida tanto en el Delta, como al sur de este territorio en Guayana venezolana para conectarse hacia el Nor-oeste con la fachada marítima del Caribe y por el Nor-este con el Océano Atlántico. Dicho esto, ponemos particular énfasis en el punto precedente, para respaldar las evidencias encontradas en registros de prácticas orales desarrolladas por los primeros pobladores suramericanos que hicieron vida desde las costas del pacífico hasta las costas atlánticas, todas relacionadas con una diversidad lingüística que terminaría diseminada por este gran territorio sin distingos de fronteras”.
Cauces hacia el Orinoco:
“…se busca conseguir ampliar una visión de conjunto, respecto de la geomorfología de los precitados sectores fisiográficos que estructuran a un Delta del Orinoco, tejido en modo reticular con más de tres mil cauces de agua entre ríos y caños de diversas dimensiones, distinguidos con variadas denominaciones asignadas en concordancia con las cosmovisiones de los pueblos originarios que inicialmente navegaron, poblaron y cultivaron algunas islas deltaicas”.
El pequeño Amacuro:
“Y porque además, el Bajo Delta se localiza engarzado en el borde del Escudo Guayanés, en espacios muy próximos al pequeño río Amacuro. Razón que posiblemente privaría, para que el 26 de abril de 1901 fuera creado el Territorio Federal Delta Amacuro. Y así, de manera reduccionista, terminaron apellidando al Delta del Orinoco con un lenguaje versado en ideas restringidas, que generaron una fragmentación en la lógica de su historia, reavivando un verdadero sin sentido porque el pequeño río Amacuro a todas luces es incapaz de formar delta alguno”.
“Si por similitudes, la salida del caño Macareo al Atlántico recibe el nombre de barra de Macareo, por ejemplo. Y así, por consiguiente, sucede lo mismo con la barra de Cocuina, y el resto de las salidas al mar, como denominación reciben el nombre del río que allí desagua ¿Por qué el Delta del Orinoco tiene que ser llamado Delta Amacuro?”
“Entonces, presuntivamente ¿Cómo las aguas del Amacuro pudiesen haber contribuido a formar el Delta? Desde una hipotética presunción de hecho y de derecho nos re-preguntamos ¿Cómo las aguas de este pequeño río pudiesen haber remontado a contracorriente (siendo muy generosos, al menos hasta Punta Cabrián donde el Orinoco se bifurca en direcciones Norte, Este y Sur) para que el delta fuere constituido morfológicamente como delta Amacuro?”
Delta del Orinoco:
“En este sentido; pretender aseverar que tales conjeturas pudiesen ser tenidas como ciertas, no deja de aportar un enorme sesgo de negatividad respecto de la constitución geográfica de Venezuela, y ello a su vez, hacen inexplícitas e incomprensibles las motivaciones que obligan a tener como válida la impertinente denominación “delta Amacuro”.
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Hagamos una simple síntesis de seres importantes para la configuración del delta, consagrados a las labores intelectuales. Allí están: Humberto Mata, Félix Adam, Armando Navarro, Antonio Lorenzano, Gladys Meneses, Argimiro García de Espinosa, Gonzalo Moreno, Cruz Eduardo Alvarez, Elba Damast, Pedro Barreto, Antonio Cabral, Luis Camilo Guevara, Pedro Dellán, Julio Lavandero, Alirio Palacios, Luisa Barroso, Apolinar Martínez, Pastor de los Montero, Pedro Krisólogo, Cruz José Marín, Horacio Gómez, José Manuel Pacheco (Chemané), Adolfo Salazar, Martín Antonio Rangel, Ismael Tablante, Flor Herminia Chollet, Oswaldo Brito, Eulio Sandoval. Hoy coinciden con ellos creadores como Manuel Aristimuño, Eudes Balza, Luis Millán, Abraham Gómez, Hernán Rodríguez, Luis Cabareda Fermín, Africa Oráa y sus hijas Del Moral, Asdrúbal Rodríguez, Higinia Hernández, Zoilo Sarabia, los madrugadores de Cocuina, Digmar Jiménez, Nancys Serpa, Argenis Bolívar, Evelio Fuentes Rodríguez, María Teresa López, Arístides Lira, Juan José Jaramillo, Milagros Dicurú, Rafael Rattia, los hermanos Acosta, Nelida Narváez, Pedro Martínez, Aurelio Rodríguez (Yeyo), Carlos Moreno, Héctor Morales, Melizabeth Rodríguez, Hernando Villamizar, Mary Luz Cáceres, Francisco Pérez (Paco), Omaira Pitre, Patricia Ucello, Toni Tong, César Pérez Marcano, Akram Homsi, Erasmo Lepage, Demys Martínez, Ismaris Marcano, Thaidys Corona, Elio Zamora, Agustín Moya, Luis Alejandro Rosas, Will Cotúa, entre otros. Y el libro La música en el delta del Orinoco de Vince De Benedittis, con ediciones en el 2003 y el 2011. Nombres que nos revelan la calidad mental del Delta, que contrasta con la casi universal pobreza espiritual de sus gobernantes. Nombres cuyo trabajo definirá su permanencia.
Aunque las personas no lo adviertan, el paisaje del delta es diverso y excepcional. Se percibe distinto desde las poblaciones situadas en medio de grandes extensiones verdes (Palo Blanco, por ejemplo), rozadas apenas por hilos de agua; o desde las pequeñas urbanizaciones (El Torno, La Horqueta) y desde Tucupita, la ciudad, o desde caseríos donde la proximidad del mar es inequívoca (Curiapo, Pedernales) o desde aquellas zonas enclavadas en rocas y fascinadas por la desmesura de las aguas (Los Castillos, Santa Catalina, Pedernales). Durante décadas he extraído de esos matices de la tierra, de las lluvias, los bosques y el sol la materia carnal para ubicar algunas de mis narraciones, como son Marzo anterior y D, Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, Medianoche en video: 1/5, Retrato en Curiapo, La sangre, La sombra de oro, Las boras, Boda en el delta, Cico, Jojene, La sirena de Pedernales, 900 Islas, Rombos del agua, entre otras.
Hablar es una forma de alimentación: atraviesa simultáneamente lo corporal, lo psíquico y el tiempo. Y corresponde a la función primordial de lo humano: nombrar. De allí la importancia que junto a las designaciones de las poblaciones (Pedernales, Isla de Plata, El Sidral, Isla Misteriosa, etc) sostenidas por la tradición castellana y, con frecuencia, cristiana, brillen como joyas los nombres milenarios de lenguas olvidadas o activas, cuya sonoridad determina el contacto directo con lo inmediato y el esplendor estético de sílabas encantatorias. Así lo sentimos al evocar nombres de lugares como Capure, Waranako, Jaje Bura, Kaijimira, Simuina, Naoima, Janakaina, Mariusa, etc.
Todos recordamos a Cristóbal Colón asombrado con el empuje de las aguas del Orinoco. En mi libro Los siglos imaginantes he dedicado un capítulo a otro viajero famoso, quien debió detenerse, con no menor asombro, en la Barra de Pedernales. Es Sir Walter Ralegh, quien en 1595 avanza por los caños del Delta y por el poderoso Manamo (Amana), cuyas aguas ya pertenecen al cuerpo central del Orinoco. Como sabemos, cien años antes, Colón presintiendo su desembocadura, creyó vislumbrar en ellas los signos del Paraíso terrenal.
¿Qué hace aquí este corsario? Nada menos que explicarnos por qué la primera capital del Territorio Federal Delta, decretado por Guzmán Blanco en 1884, se llamaba Manoa, como veremos dentro de unos momentos.
En marzo de 1595, otro corsario gentil, Robert Dudley ha atravesado el Delta. “Su único consuelo –señala Luis Britto García (Demonios del mar. Piratas y corsarios en Venezuela, 1527-1727– es el de bautizar con su propio nombre al caño y la isla Tucupita, según lo hace constar en el mapa publicado en 1647”. Al parecer, aunque su expedición posee mayor recorrido y arroja datos geográficos muy valiosos es poco conocida, en comparación con la actividad propagandística de Raleigh.
Esa publicidad tiene asiento en el famoso libro de Walter Raleigh publicado en 1596 Descubrimiento del vasto, rico y hermoso imperio de Guayana, con un relato de la poderosa y dorada Ciudad de Manoa (que los españoles llaman El Dorado) y de las provincias de Emereia, Aromaia, Amapaya y otros países y ríos limítrofes.
Muy pronto traducido al latín, lengua que permitía para entonces la inmediata difusión, fue también llevado al francés, al holandés, alemán e italiano. Hasta 1947 no fue vertido al castellano (por Luis Ramón Oramas), luego parcialmente en 1967 y en 1973.
Por su parte, Enrique Bernardo Núñez asienta: “Más allá del Caroní está el río Atoica y después el río Caura. Es aquí donde Raleigh sitúa los pueblos o naciones que denomina los Ewaipanoma, con los ojos en los hombros, entre los cuales les nacen largos cabellos y la boca en medio del pecho. (…)
En el litoral observa Raleigh acerca del petróleo: “En este punto llamado Tierra de Brea o Piche hay tal abundancia de piedra de brea, que todas las naves del mundo podrían allí ser cargadas de ella; nosotros hicimos una prueba con ella y calafateamos nuestra nave y la hallamos excelente y buena, y no se derrite con el sol, como la brea de Noruega, y por consiguiente es muy lucrativa para las naves que comercian en las partes del sur”.
Me he extendido sobre Raleigh, lo sé. Pero algo de su fascinante paso por nuestro Delta tal vez lo justifique. Y lo diré en seguida.
Voy a apoyarme en el extraordinario libro del padre Luis Ugalde Mentalidad económica y proyectos de colonización en Guayana en los siglos XVIII y XIX (Academia Nacional de Ciencias Económicas, Caracas, 1994).
Entonces la sombra de Raleigh se vuelve notablemente cercana a Pedernales.
En febrero de 1884, Guzmán Blanco decreta la creación del Territorio Delta, que tendrá corta duración. En julio de ese año, Joaquín Crespo, sucesor, sanciona el Código del nuevo Territorio. Todo se hace para que el empresario Cyrenius Charles Fitzgerald, norteamericano de origen irlandés y madre española, inicie los trabajos de su Compañía Manoa en esta concesión, cuya capital, por deseo del mismo se llamará Manoa. El acta para establecer la Gobernación local se levanta en Pedernales.
“¿Por qué Manoa? –se pregunta Ugalde-. Fitzgerald en su tradición anglosajona soñaba con El Dorado y con las fabulosas riquezas que Sir Walter Raleigh menciona en su libro”.
La Manoa legendaria no escapa de ser relacionada con El Dorado y el oro de Guayana y su huella persistirá en la ruta hacia Curiapo.
El objetivo de la Compañía y de la Gobernación, aparte de sus ramificaciones políticas y personalistas, será, como indica Ugalde, “la explotación de la madera y el asfalto de Pedernales. La explotación de la madera fue una de las pocas actividades realmente lucrativas”.
Concluye ese autor, con desconsuelo: “Al parecer no es necesario teorizar mucho para saber por qué fracasaron proyectos como el de Manoa. Tal vez más interesante es profundizar sobre la mentalidad económica de los políticos y negociantes venezolanos que participan en esos proyectos, y la perduración en el tiempo de cierto modelo de enriquecimiento y de uso de esa riqueza. Guzmán Blanco, como prototipo de esa mentalidad, quería el establecimiento del capitalismo en Venezuela, de un capitalismo como el que apreciaba en Estados Unidos, un capitalismo que revolucionara constantemente las fuerzas productivas”.
“En Guzmán se dio el enriquecimiento, pero Guzmán no se convirtió en capitalista que, junto con otros como él, generara en Venezuela un proceso autosostenido de inversión y de incremento de compañías extranjeras de manera similar a las grandes concesiones territoriales del siglo pasado”.
No recuerdo hoy población alguna en el Delta, próxima a Pedernales, con el nombre de Manoa, pero, como podemos notar, ese timbre, esa sonoridad forma parte de nosotros desde hace más de cuatrocientos años. ¿Escuchó bien Raleigh a sus traductores de lenguas indígenas? ¿Llamaban Manoa a un sitio real o imaginario? ¿O, desde un acento linguístico, convertía en metáfora lo que también le permitiría concebir a los Ewaipanoma? ¿O esa palabra ya existía en la mente del aventurero, extraída, quizá, de “Jueces” en la Biblia?
Con su capítulo relativo a la presencia del petróleo en Pedernales, aquel libro ofrece necesaria información. Para concluir queremos añadir, apenas, algunos datos acerca del gas en el siglo actual. Para ello hemos contado con la invalorable colaboración de Asdrúbal Baptista y del Centro Internacional de Energía y Ambiente del IESA, en las personas de sus investigadores María Alejandra De Francesco, Diego Guerrero y Armando Romero.
De acuerdo con ellos, entre 1979 y 1983 se detectan los vastos yacimientos de gas de la Plataforma Deltana, mar afuera, frente a Punta Aruguapiche. El siglo XXI se inicia con actividades en la zona y dentro de ellas su división en bloques. Se trata de un emporio de gas no asociado, seco, del cual Venezuela posee el 70% respecto al existente en América Latina. Dentro de los bloques actuales reciben como nombres los campos (yacimientos) de Kapok-Dorado, Loran-Manatí, Macuira, Cocuina Manakin. En su mayoría han sido asignados a PDVSA, otros a la Compañía Chevron y, una parte de ellos se encuentra en territorios de Trinidad y Tobago. La producción en los bloques venezolanos permanece detenida o minimizada y sin cumplirse el proyecto de un gasoducto hacia Guiria.
Está por escribirse una Historia gasífera de esa plataforma y de Venezuela. Pero la mentalidad asomada por Ugalde a fines del siglo XIX y durante el XX no ha cambiado mucho (la perduración en el tiempo de cierto modelo de enriquecimiento y de uso de esa riqueza; un capitalismo que revolucionara constantemente las fuerzas productivas).Pervive la alucinación de un Dorado (o Manoa) que perturba a los gobiernos, fascina a los pobladores y trabajadores y desemboca en corrupción, esterilidad, negación del país.
Podría pensarse que he olvidado el apasionante texto del profesor Alexis Robles. Pero aunque no lo haya nombrado, los párrafos de su libro vibran tras cada una de estas alusiones. Para demostrarlo, cierro con estas sus palabras, ardientes ante un hecho y una historia que esperan su estudio implacable, punto de partida para una nueva concepción telúrica, acuática y política de lo debe ser el Delta del Orinoco:
“…la manera como particularmente fue impactada la parte occidental del delta, desde el año 1966, cuando por efectos de una desconsiderada intervención humana fuera provocada una ruptura medioambiental causada por el cierre del Caño Manamo, donde se estima que una cuarta parte de la geografía del Delta del Orinoco fue forzada a generar cambios contra natura que impactaron negativamente tanto en su geomorfología como en sus ecosistemas, bióticas y sus naturales cursos de aguas”.
Delta del Orinoco-Caracas, Marzo 2026.

Querido hermano:
He leído con sumo interés y emoción el brillante comentario que realizará nuestro más sublime escritor, José Balza, sobre tú trabajo.
Me cautivó la forma como José estructuró su anaquel de observaciones y citas. Una vez más, agradezco y celebro todo cuánto escribes y expresas verbalmente. Gracias «…por poner la voz, en la vista de quienes no ven…» José Saramago. Premio Nobel de Literatura.