Por: Demys Martínez
Hay personas que no necesitan estar en todas las fotos para permanecer. No dejaron selfies, no grabaron videos para las redes, no vivieron pendientes de una cámara ni de una publicación. Pero basta nombrarlas para que una casa, una calle o una familia entera vuelvan a sentirlas cerca.
Así ocurre con Doña Olimpia Dicurú de Carrión.
Nacida en Coporito, en 1935, Doña Olimpia llegó a una Tucupita distinta y desde allí fue levantando una historia familiar que todavía habla por ella. Fue madre de doce hijos, abuela, bisabuela, vecina, amiga y una mujer querida por quienes tuvieron la dicha de conocerla. Detrás de su nombre hay una vida de carácter, presencia y familia; de esas madres que sabían querer, corregir y sostener a los suyos.
Quienes la conocieron recuerdan a una mujer fuerte. No fuerte de palabra bonita, sino fuerte de verdad. De esas que enfrentaban la vida sin hacer escándalo, que sabían lo que costaba criar, mantener una casa, formar muchachos y seguir de pie. Doña Olimpia pertenecía a esa generación de mujeres que no necesitaban explicar demasiado sus sacrificios: los vivían, los cargaban y los convertían en familia.
También está el recuerdo de su esposo, don Ildefonso “Loncho” Carrión, trabajador de la CVG, que llegaba por el agua en una lancha a motor. Esa imagen tiene algo profundamente deltano: el hombre regresando en su lancha, el río como camino, la casa esperando y Doña Olimpia sosteniendo, desde adentro, esa vida organizada alrededor del trabajo, la familia y la comunidad.
En mi memoria aparece el pequeño puerto que recuerdo en los años 90, abajo, en el barranco, a la orilla del río, donde don “Loncho” guardaba su lancha y la familia mantenía unos corrales de cemento para la cría de cochinos. Allí, en espacios sencillos, estaban las madres, los cochinitos, los más grandes y el macho; todo resguardado apenas con alambres, latas (bambú ) y la confianza de una época en la que todavía se podía vivir así.
En diciembre, aquella crianza se convertía en morcilla, carne para hallacas y venta accesible para los vecinos. Recordarlo hoy, en 2026, cuando muchas casas deben guardar hasta las bombonas de gas por temor a los amigos de lo ajeno, también habla del mundo que rodeó a Doña Olimpia y de cuánto ha cambiado Tucupita.
Y en esa memoria aparece también una palabra que a muchos les puede sonar curiosa, pero que en Tucupita tiene sabor propio: la «Cagalera». Doña Olimpia vendía aquella merienda que muchos recuerdan como algo especial, con un toque suyo, difícil de repetir. No era solo una venta. Era una marca, una de esas cosas sencillas que terminan quedándose en la memoria porque tenían mano, gusto y cariño.

Mi Tucupita también se cuenta por eso. Por el olor a ají dulce, por sus sabores, por sus vecinas, por las casas donde la gente llegaba, por las madres que criaron familias grandes, por los hombres que regresaban del trabajo en lancha y por nombres como Ildefonso “Loncho” y Olimpia Dicurú de Carrión, que todavía provocan conversación cuando alguien los menciona.
Doña Olimpia fue una mujer de carácter y de presencia. Una de esas personas que forman parte de Tucupita no por ocupar cargos ni buscar reconocimiento, sino por haber vivido de manera honrada, por haber dejado familia y por haber sido recordada con respeto.
Porque hay madres que no se van del todo; se quedan en nuestra memoria
Doña Olimpia Dicurú de Carrión nació en Coporito el 13 de abril de 1935, (+2012). En este 2026 habría cumplido 91 años. Pero más que una fecha, dejó una raíz. Y esa raíz todavía está en sus hijos, en sus nietos, en sus bisnietos, en quienes la conocieron en ese Delta del Orinoco que no olvida su gente buena.
Doña Olimpia fue una mujer de Coporito, de Tucupita, de familia, de río y de memoria. Una vida sencilla, pero grande. Una historia que merece seguir siendo contada.
