Psicóloga analiza el fenómeno Therian que hoy circula en redes y llega a las aulas. Entre historia, identidad y algoritmos, el reto no es el disfraz, sino entender qué está buscando el adolescente y cómo acompañarlo sin violencia ni burlas.

Por: Demys Martínez
En los últimos días, el término “therian” pasó de ser un asunto que parecía limitado a redes sociales a convertirse en tema de conversación pública en Venezuela. Videos hechos con inteligencia artificial, supuestos encuentros y concursos desmentidos por instituciones, y una cadena de memes han puesto la palabra en boca de adultos que hasta hace poco no la conocían.

Pero más allá de montajes y bromas, hay una inquietud real: madres y padres escuchan a sus hijos hablar de identificarse con un animal, de no sentirse completamente humanos o de pertenecer a una “manada” digital. ¿Es una moda? ¿Un juego? ¿Una etapa? ¿Una señal de alerta?

Para abordar el tema, conversamos con la psicóloga Elena Sifontes, licenciada en Psicología y profesora universitaria, quien insiste en que el fenómeno no puede analizarse con superficialidad ni con burla.

“Primero hay que entender que la vinculación del ser humano con el animal no es nueva. La palabra ‘therian’ tiene origen griego y se refería al ‘hombre bestia’, al hombre que se cree animal. Desde la antigüedad, distintas culturas representaron esa relación: los dioses egipcios con cuerpo humano y cabeza de animal, los rituales indígenas, los guerreros que se cubrían con pieles para asumir simbólicamente la fuerza del animal. El ser humano siempre ha buscado identificarse con lo que percibe como poderoso en su entorno”.

Para la psicóloga, el problema no es que exista una referencia histórica o simbólica, sino cómo se manifiesta hoy en el contexto digital. “La sociedad, cuando se enfrenta a un fenómeno, lo primero que hace es preguntarse qué está pasando. Y muchas veces la respuesta inmediata es ridiculizarlo. En redes sociales vemos adultos que se burlan y dicen: ‘Si te crees pájaro, lánzate de un edificio’. Ese tipo de comentarios son peligrosos”.

La adolescencia y la búsqueda de identidad

Sifontes centra su análisis en la etapa adolescente. “En el desarrollo evolutivo, los socializadores primarios, que son familia y escuela, pasan a un segundo plano. El grupo de pares gana espacio. El adolescente necesita identificarse con sus iguales. Si la familia ha organizado y formado adecuadamente, ese proceso se resuelve con el tiempo. Pero no todos maduran al mismo ritmo”.

Explica que el cerebro adolescente aún está en construcción. “No ha terminado de madurar, especialmente el lóbulo frontal, que es el que permite el juicio crítico, la planificación y el manejo de conceptos abstractos. Estamos en un mundo hiperconvulsionado e hiperinformado. Las redes sociales exponen a los jóvenes a múltiples identidades y comunidades”.

En ese contexto, identificarse como “therian” puede ser, en algunos casos, una forma de pertenencia. “Si el joven siente que eso le da atención, esos‘likes’, que lo hace ver diferente o especial, puede entrar allí sin siquiera entender completamente lo que significa. Es una búsqueda de pertenencia en un mundo donde se sienten desconectados”.

Cuando el nombre cambia

Uno de los puntos que más preocupa a padres y docentes es cuando el adolescente no solo asume accesorios o comportamientos asociados a un animal, sino que rechaza su propio nombre.

“Cuando el adolescente rechaza su nombre y dice ‘ya no soy Pedro, ahora soy Lobo’, estamos en un terreno más profundo. El nombre es lo primero que nos vincula con nuestra historia familiar. Si exige que en la casa y escuela se le trate así, puede haber una crisis de identidad que derive en despersonalización. No es un simple apodo; es un desplazamiento de su humanidad hacia una figura que él percibe como más fuerte o más libre”.

Ante esa situación, la psicóloga advierte sobre dos extremos: la agresión y la validación absoluta. “No recomiendo el castigo físico ni la violencia. Eso puede generar un rebote grave. Pero tampoco es sano validar sin cuestionamiento. Se puede validar la emoción: ‘Entiendo que te guste ese animal, entiendo que te sientas así’. Lo que no se puede validar es una distorsión de la realidad, hay que decirle, tú eres un ser humano, con responsabilidades de ser humano”.

Escuela, normas y convivencia

El fenómeno también ha llegado a las aulas. “Si un estudiante quiere asistir con máscara o accesorios y dice que se están violando sus derechos si se le llama la atención, allí hay un conflicto con la normativa. El docente debe reportarlo como una novedad y seguir los parámetros de convivencia establecidos. La escuela es un espacio con reglas. No se trata de humillar al estudiante, sino de sostener los límites”.

Para Sifontes, permitir que el adolescente se aísle completamente en esa identidad puede debilitar herramientas necesarias para la vida adulta. “La libertad no es mimetizarse con un animal. La libertad es desarrollar pensamiento crítico y capacidad de discernir entre realidad y fantasía”.

Algoritmos y “manadas” digitales

Uno de los elementos más señalados por la psicóloga es el papel de los algoritmos. “El algoritmo funciona con condicionamiento. Si el joven consume contenido sobre Therian, la plataforma le mostrará más de lo mismo y se va formando una ‘manada digital’. El adolescente, que ya tiene necesidad de pertenecer, se encuentra en un círculo que refuerza esa identidad”.

El teléfono como un dispositivo con potencial adictivo.

“El cerebro funciona con neurotransmisores. Si hay sobreexposición, falta de sueño, aislamiento, eso afecta la salud mental. El problema no es el aparato en sí, sino qué está buscando el joven allí”.

En su análisis, advierte que el aislamiento prolongado y la pérdida de interés por actividades cotidianas sí constituyen señales de alerta. “Si el joven deja de socializar con personas, se encierra y solo quiere estar en ese mundo, ya no estamos ante un simple juego”.

Qué pueden hacer los padres

El mensaje central de la psicóloga se enfoca en la familia. “Lo primero es gestionar las emociones propias. El padre o la madre pueden sentir rabia, miedo o vergüenza. Pero no se debe actuar desde la agresión. Hay que sentarse a escuchar, no a interrogar”.

Sugiere preguntas abiertas: “¿Qué te gusta de eso?”, “¿Cómo te sientes cuando haces eso?”. También recomienda supervisión acompañada de las redes sociales. “No es espiar, es acompañar. Saber qué contenido consumen”.

Si la situación supera la capacidad familiar, insiste en buscar ayuda profesional. “Ir al psicólogo no significa que el joven esté ‘loco’. Es un espacio para entender qué está pasando. No hay fórmulas mágicas. Es un fenómeno multicausal y complejo”.

Un fenómeno que exige reflexión

Para Sifontes, reducir el tema a memes o escándalos impide un análisis serio. “Detrás del humor hay miedo. Hay padres preguntándose si a su hijo le va a pasar. Es una sociedad hiperaislada. Hay que reconectar”.

El llamado final es claro: “Si tienes un hijo que se identifica como Therian y no sabes cómo manejarlo, busca ayuda. No lo ridiculices. No lo agredas. Reconecta con él. Pregunta qué le pasa. Abrázalo. Restablece el vínculo”.

Psicóloga Elena Sifontes

En una era donde las tendencias no dependen de la geografía y se expanden a la velocidad de un clic, la conversación no puede quedarse en la superficie. Más allá del disfraz o el nombre adoptado, la pregunta de fondo es qué está buscando ese adolescente y cómo la familia, la escuela y la sociedad pueden responder sin burlas, pero también sin renunciar a la responsabilidad de formar ciudadanos capaces de pensar, decidir y convivir.

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